Nora Nei andaba dando vueltas por el inmenso patio y no sabía si había hecho lo correcto. Hubo muchas batallas y escándalos, muchos obstáculos que ella no enfrentó. Simplemente los evitó. Eran fantasmas oliendo a moho, corriendo detrás de ella con sus terribles voces. Conocía bien toda la casa grande, todas sus habitaciones, todos sus armarios. El único lugar que le daba paz era el inmenso patio en el centro de la construcción antigua, con una fuente con aguas verdes. Caminaba sedienta como un réptil alrededor del agua ruidosa, que subía y caía sobre el pequeño mar, dentro del concreto.
Nora Nei sabía, sobre todo, que la próxima batalla sería sangrienta y tal vez la última. Imposible sobrevivir, los enemigos eran incontables y las armas eran desconocidas. Cada luna no le traía la respuesta deseada. En el patio había seis puertas inmensas. Cada una daba a un lugar distinto de la casa grande. Nora Nei tenía gran conocimiento sobre el mapa.
Podría andar con los ojos cerrados sobre él, recorriendo pasillos, escaleras, salas, laberintos secretos, puertas mágicas. Pero nunca había pasado por una de las puertas – la más pequeña, adornada con azulejos verdes y muchas macetas con plantas medicinales. Jamás había tenido la curiosidad de entrar y descubrir aquellos secretos. Odiaba tomar té y entrar en puertas estrechas. Se durmió, agotada por las últimas luchas, en uno de los asientos de madera del patio.
Tuvo sueños terribles. Grandes libélulas la elevaban hasta la cumbre de la fuente y la dejaban caer en el pozo de agua verde. Cada vez que Nora Nei se caía, una parte de su cuerpo se partía. Después de cinco veces, el dolor se presentaba de manera insoportable. Se despertó con el brazo derecho adormecido y con un dolor de cabeza indescriptible. Miró una vez más la pequeña puerta llena de plantas y entró en la casa grande.
Después de escaleras y pasillos de piedra, se encerró en el dormitorio. El silencio era de piedra. Hacía muchos años que no veía una libélula y no comprendía cómo había una en su sueño para atormentarla. La mente era siempre un laberinto con paredes muertas. Dentro o fuera, el vacío la tomaba todos los días. La gran batalla estaba próxima. Había vencido a todos. Hace algunas semanas, Nora Nei había retirado todos los calendarios y relojes de la casa. Los depositó en el gran sótano con grandes candados. Creía, así, vencer el tiempo.
Sólo miraría la luz del sol y de la luna, recorriendo el cielo. Haría también grandes rituales en día de eclipse, para traer la suerte. Se aislaba cada vez más de lo que era ser humano. Quería sentir en la piel, en los huesos, cómo eran la soledad y la victoria. La casa grande estaba lejos del camino más cercano. Los grandes árboles la engullían. Sólo la fuente se renovaba dentro de ella misma. El perpetuo agradaba el corazón de Nora Nei.
El sol se fue y la noche llegó con su aliento frío. Nora Nei se acostó temprano y durmió poco. La última puerta la agobiaba. Para calmar la mente y el cuerpo, pensaba en el tiempo cerrado en el sótano. Y también en la fuente de líquido inagotable. Pasó la mañana nublada, meditando sobre los hechos de los días pasados y en los obstáculos que no había enfrentado. Fantasmas no aceptan candados. Nora Nei se sentía cada vez más débil. Sólo comía manzanas y pequeños panes viejos. Cada día pasado marcaba en su piel un tono más pálido. Los eclipses no vinieron. Después de muchos días de pesadillas, dolores terribles y ojeras marcadas, ella se puso la mantilla verde en las espaldas y se fue al patio.
La tormenta caía con fuerza y hacía más ruido que la fuente. Las aguas se mezclaban. Nora Nei pasó delante de ella sin mirarla. La pequeña puerta estaba próxima. Las plantas medicinales tenían olores extraños. Era el momento del fin de las pesadillas. Depositó la llave en la cerradura. Empujó la madera pesada de la puerta y un aliento de antigüedad llegó a sus narices. Era una habitación pequeña, sin misterios. En la pared, un espejo inmenso la cubría, sin mácula. Nora Nei dejó caer la mantilla verde al suelo. Temblaba con los truenos en el cielo. Sentía las rodillas flacas y los ojos quemando. La última batalla estaba delante de sus ojos.
Conto publicado no site argentino cuentocolectivo.com, em 12 de agosto de 2013. O original em português se encontra neste blogue.
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